miércoles, 6 de febrero de 2013

Flor de fuego.

... Nadie vendría a buscarlos aquí, nadie los estorbaría. No era necesario abordarse con prisas, con avidez desaforada, buscando el placer rápido. Su fuego podría ir creciendo lentamente, como una débil llama que primero se conforma con caricias de consuelo. Él la besó en la boca, en la nariz, en los ojos; ella le acarició el pelo, la frente, las mejillas, y por un rato eso bastó, bastó para alimentar la idea de que no se había vuelto de piedra, de que no solo era capaz de sentir tristeza y dolor, sino también proximidad, seguridad, dicha.

Entonces él se incorporó y ella también lo hizo. Estaban de pie, el uno ante el otro; durante un rato solo contemplaron sus cuerpos y, después, las manos empezaron a hacer. Se arrancaron la ropa, se desnudaron poco a poco, sin sentir frío, sin sentir vergüenza,  sin pensar en nada, sin pensar que, más allá de ese mundo en el que solo existían ellos dos, acechaba otro muy distinto.

—¡Abrázame! —le repitió ella con un murmullo, cuando estuvieron desnudos—. ¡Abrázame fuerte!

Y se abrazaron, piel contra piel, carne contra carne. El vello de él le hacía cosquillas, su sexo se pegó con fuerza al vientre de ella.

Y si el placer fue despertando lentamente, cuando decidió abrirse paso, se volvió indomable. Sí, ella quería retenerlo, poseerlo, entregársele, acogerlo totalmente dentro de ella, diluirse con él. Se pusieron de rodillas, cayeron sobre la paja húmeda. Algunas briznas se le clavaban en la piel, pero ella ni se percató del dolor, solo disfrutaba; disfrutaba de poder entregarse finalmente, sin esas medias tintas a las que había estado sometiendo su vida en los últimos años. Había vivido días felices y plenos, pero siempre había estado en guardia para no revelar demasiado sobre lo que sucedía en su interior; siempre se había sentido un tanto cohibida, no se atrevía a explorar sus propios pensamientos y sentimientos.

Ahora, no tenía que cohibirse, no tenía necesidad de reprimir ningún suspiro, ningún gemido, ni la risa ni el llanto; no tenía que mostrarse avara con ningún territorio de su piel. Podía tocarlo por todas partes, indicarles el camino a sus manos y labios anhelantes. Y al final se le abrió, cálida, húmeda, deseosa.

Y cuando por fin él la penetró, creyó que iba a reventar de placer. Sin embargo, en cuanto esto ocurrió, el placer se redobló y un escalofrío recorrió todo su cuerpo en oleadas lentas, o en un extasiado temblor.

Ella le acarició la espalda, le suplicó, casi asfixiada, que siguiera, que siguiera, que no parara hasta que tuviera bastante y mucho más aún: bastante cercanía, bastante amor, bastante deseo... y bastante olvido.

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